La villa de Fisterra tuvo la suerte de que sus primitivos pobladores la bautizaran con un nombre tan sugestivo. La mayor aspiración de cualquier caminante siempre será alcanzar una meta. Si resulta que esa meta se sitúa al final del mundo conocido, la motivación para llegar a ella aún es mayor. Esto fue lo que le otorgó a Fisterra ese talismán para atraer a viajeros y peregrinos.
Aunque este extremo del continente estuvo habitado desde tiempos prehistóricos, así lo documentan materiales arqueológicos encontrados en el valle de Duio, la villa de Fisterra se formó en el medievo. Desde finales del siglo XIII hasta finales del siguiente perteneció a la familia de los Mariño. Desde la Edad Media hay documentación de la llegada de viajeros y peregrinos a Fisterra, muchos de ellos dejaron constancia del viaje y de las impresiones que le causó la localidad. En el año 1469 ya existía un hospital de peregrinos al lado de la iglesia parroquial.
Fisterra tampoco fue ajena a las invasiones de la piratería extranjera, primero de normandos y musulmanes, y más tarde, de ingleses y franceses. El cardenal Del Hoyo nos dice que la población del núcleo fisterrán vivía pobremente y que sus casas habían sido incendiadas varias veces por esas razias. También llegaron a este puerto las tropas francesas, que saquearon la localidad e incendiaron el castillo de San Carlos.
El núcleo primitivo formado alrededor de la playa de A Ribeira fue creciendo hacia el este hasta configurarse en dos barrios: O Cabo da Xesta, el más antiguo, situado en la parte occidental, y O Cabo da Vila, más moderno, que se extendía por la actual calle de Santa Catalina.
La Fisterra actual es muy diferente a aquella de siglos pasados, aunque hay zonas que conservan la estructura del núcleo histórico, pero la mayoría de las casas fueron reformadas o son de nueva construcción. El turismo es la actividad económica principal de la población fisterrana, atraído por ser final del camino jacobeo, por lo que representa esta villa y el cabo Fisterra como extremo más occidental del continente europeo.
Hay varios lugares de la villa que conviene visitar. En primer lugar, la zona portuaria, adornada por el colorido de las múltiples embarcaciones de pesca, donde se sitúa la nueva lonja, un edifico moderno, construido entre los años 2004 y 2006, obra de la arquitecta Covadonga Carrasco. En la misma zona también se localiza el ancla del Casón, el barco que embarrancó en 1987 en esta costa y creó el pánico entre la población de la zona por el peligro de la carga que llevaba a bordo.
Detrás del puerto se sitúa el castillo de San Carlos, de mediados del siglo XVIII, que alberga el Museo da Pesca, que acoge artes de pesca e información sobre la tradición marinera de este puerto. En las calles del interior del núcleo nos encontraremos con casas tradicionales que nos permitirán conocer cómo era la Fisterra histórica. En la plaza de Ara Solis se localiza la capilla del buen Suceso, una edificación barroca de 1743.
La iglesia parroquial de Santa María das Areas se sitúa en las afueras, al pie de la carretera que lleva al cabo Fisterra. Conserva algunos elementos románicos pero su estructura es gótica, a la que se le fueron añadiendo otras construcciones que desfiguraron su forma original. Entre ellas sobresale la capilla barroca del Santo Cristo, con un retablo de este mismo estilo, que acoge la imagen gótica del Cristo, por la que el vecindario siente gran devoción. En el campo que hay al sur de la iglesia el domingo de Pascua se escenifica la Resurrección de Cristo, acto al que acude multitud de romeros.