El mar imprime carácter, pero si ese mar es impetuoso como el de A Costa da Morte y el espacio de tierra en el que se vive está todo él impregnado de salitre, el sentimiento de arraigo al territorio aún se hace más intenso. Un ejemplo de la pasión por la patria nativa lo expresa esta cantiga popular malpicana:
Malpica dos meus amores,
o rei te quixo vender,
para mercar a Malpica,
moito diñeiro hai que ter.
Malpica es de esas villas en las que el mar fue la razón de ser de su existencia, sus primeros pobladores no disponían de otro recurso para subsistir que no fuera el medio marino, pero además tenían que soportar las adversidades de un espacio desprotegido en el que mar y viento pocas veces están en calma. Para resistir esta crudeza del entorno los malpicanos construyeron sus viviendas arrimadas entre sí, bajo la protección del monte de A Atalaia.
El núcleo malpicano tuvo su origen en la instalación de una base para la caza de la ballena, actividad practicada desde la Edad Media por pescadores asturianos y vascos, que se acercaban a esta costa en los meses de invierno. El Licenciado Molina documenta esta pesca a mediados del siglo XVI y habla de sus beneficios: “Es pesca de gran provecho porque de un baleato, aunque sea pequeño, se sacan dos arrobas o cántaras de aceite, que sirve para todo lo que se aprovecha el de olivo, excepto para comer”.
En el siglo XVIII la caza de la ballena decae y será sustituida por la de la sardina y del congrio. En esta localidad se instalarán varias factorías de salazón de sardina, y el congrio, después de curado por el viento del nordeste, se exportaba para tierras del interior peninsular.
Los pescadores malpicanos tuvieron que luchar siempre contra los golpes de mar, que de manera implacable, batían contra las embarcaciones, de ahí que su mayor preocupación fuera procurar protección para su flota. Antes de disponer de ella, en tiempo de invierno, se veían en la obligación de subir lanchas y botes para las calles de la villa. Con el paso del tiempo llegarán los primeros diques de abrigo y la dársena, instalaciones portuarias que mejorarán posteriormente.
El núcleo histórico de Malpica se vertebraba alrededor de la calle Eduardo Vila Fano. De esta arteria central partían las callejas que formaban el entramado urbano antiguo, con casas de una sola planta o de dos, paredes de granito y cubiertas con teja del país. Algunas con balcón o galería. Una Malpica que se conservó con pocos cambios hasta los años sesenta del pasado siglo. Era la Malpica que tan bien describió el escritor andaluz José Mas en su novela La Costa de la Muerte (1928).
A partir de esos años aquella fisonomía urbana tradicional cambió y el núcleo de Malpica se transformó sustancialmente y creció de manera desordenada. A pesar de esto, el enclave espectacular de esta localidad y de su puerto engalanado por el colorido de las embarcaciones, junto con la actividad portuaria, le dan un gran atractivo a esta singular villa marinera de A Costa da Morte.
El viajero que se acerque a Malpica, además de visitar sus calles y su puerto, no debe perder la oportunidad de ver la obra que el pintor Urbano Lugrís (1908-1973) dejó en la localidad, depositada en la Casa del Pescador, y realizar la ruta a pie desde el núcleo malpicano hasta la capilla de Santo Hadrián, para disfrutar de las magníficas vistas sobre este excepcional tramo costero y las islas Sisargas.