Camelle, hasta no hace muchos años, era un pequeño núcleo marinero que se extendía por la parte izquierda de la bahía que lleva ese nombre. Así aparece en la imagen que nos dejó el fotógrafo laxés José Vidal, en el año 1934. Su origen estuvo vinculado a la caza de ballenas que a finales del siglo XV practicaban vascos y asturianos por esta costa. En el siglo XVI ya existía la capilla del Espíritu Santo, pero no se convertiría en parroquial hasta la segunda mitad del siglo XX, anteriormente pertenecía a la feligresía de San Pedro do Porto.
En la primera mitad del siglo XVIII tanto la localidad, formada solo por una docena de casas, como las tierras que la circundaban, pertenecían al conde de Altamira, a quién los vecinos le pagaban las rentas de los foros. Hasta que estos no fueron redimidos el vecindario no pudo hacerse con la propiedad de casas y tierras. Sería a partir de entonces cuando este puerto comenzaría a crecer. Por los años veinte del siglo pasado la villa de Camelle se dedicaba sobre todo a la pesca de la sardina, que adquirían las tres fábricas de salazón que había en la localidad y a la pesca del congrio, que, después de secado al aire del mar, se vendía para tierras del interior peninsular. El mayor desarrollo se producirá a partir de las décadas de los setenta y ochenta, cuando el pescado y el marisco comenzaron a tener una mayor cotización en el mercado.
Esta localidad es conocida sobre todo por acoger al ciudadano alemán Manfred Gnändinger, que de manera casual llegó un día de 1961, cuando aún era un joven de 26 años. Después de convivir con el vecindario una temporada, se retiró en solitario a un habitáculo construido en la costa, al mismo tiempo que desarrollaba una intensa actividad artística dedicada a la pintura y escultura al aire libre, en las cercanías de su vivienda. Mudó también su forma de vestir, prácticamente no usaba más que un taparrabos, y también los hábitos alimentarios, haciéndose vegetariano. Se bañaba cada día en el mar, verano e invierno, y cada vez se comunicaba menos con el vecindario, tan sólo recibía a los visitantes de su museo, a los que, además de pedirles una pequeña ayuda, los invitaba a dibujar lo que se le ocurriera, en un pequeño bloc que les entregaba.
La catástrofe del Prestige le causará una honda herida al ser invadido por el chapapote buena parte de su territorio. Ya anteriormente venía sufriendo algunos problemas de salud, pero este desastre ecológico aceleró su enfermedad física y psíquica, de la que no se recuperó. El 28 de diciembre de 2002, los vecinos se enteraron de que no había retirado la bolsa de alimentos que le habían dejado en la puerta como cada día. Más tarde su cuerpo sin vida apareció en el interior de la vivienda.
Man era consciente de la trascendencia de su obra, y para preservarla, en su testamento dejó al Estado como responsable de ella, cediéndole también los recursos económicos que había acumulado a lo largo de la vida. Legado que posteriormente pasó al ayuntamiento de Camariñas. Con la intencionalidad de mantener viva su figura y su obra, en 2015 se construyó la Casa do Alemán, que acoge información sobre la vida de este singular artista y parte de su obra. También se rehabilitó la que había sido su casa, en la que se depositaron sus cenizas.