Camariñas es de esas villas que tiene un sello de identificación muy definido, pues simplemente con pronunciar el nombre de esta localidad ya se incorpora a nuestra memoria la palabra encaje, ese tejido elaborado por las manos ligeras y expertas de artesanas.
El origen del nombre de esta villa procede de la planta arbustiva denominada caramiña (Corema album), que crecía en las dunas de la desaparecida playa sobre la que se asentó este núcleo. Primero nació la parroquia de San Xurxo de Buría, más hacia el interior y agrícola, y después se fundó la localidad marinera, más próxima a la costa, para aprovechar los recursos del mar.
Los Moscoso, desde su fortaleza de Vimianzo, impusieron el dominio sobre este puerto, que por el siglo XV ya destacaba por su actividad pesquera y comercial. La abrigada playa de O Curveiro hacía de embarcadero, frecuentado por embarcaciones de otros países que navegaban por este litoral. La sardina y el congrio eran las especies que más se capturaban en esta ría. A mediados del siglo XVIII había dos trincados o galeones que se dedicaban a la pesca de la sardina, que, una vez salada, se exportaba para el País Vasco.
En los primeros años del siglo XX, Camariñas era una villa pesquera con una armonía urbanística de casas con balcones o galería, pintadas de blanco y calles estrechas que conducían al puerto. Apenas había edificaciones que alteraran esa sintonía en altura y colorido. La iglesia parroquial y el molino de viento sobresalían en la parte alta. La pesca era la actividad principal, complementada con el comercio que se realizaba por vía marítima. A través de su puerto se exportaban sardinas saladas, madera y cereales y se importaban mercancías manufacturadas y productos alimentarios diversos.
Aquella fisonomía urbanística cambió a partir de los años setenta y ochenta, cuando las nuevas construcciones sustituyeron a la arquitectura tradicional, dándole al núcleo el aspecto que vemos a día de hoy. Camariñas se nos presenta actualmente como una villa más moderna, pero sin aquel encanto que tenía años atrás de casas blancas o de colores acorde con sus embarcaciones.
Son varios los atractivos que ofrece la villa camariñana al visitante. En primer lugar, lo de ser capital del encaje de Galicia, que permite a cualquier viajero conocer esta artesanía y descubrir su historia en O Museo do Encaixe, o ver en vivo como se elabora, observando a alguna palillera con la que se encuentre por la calle o acercándose a una de las escuelas municipales de aprendizaje. Si la visita se produce en Semana Santa, se encontrará con la mayor exposición que se pueda imaginar en A Mostra do Encaixe, que cada año se viene celebrando por esa época desde 1991.
Aquel turista más interesado por la historia o por el arte puede visitar las ruinas del castillo del Soberano, fortaleza construida a mediados del siglo XVIII o la iglesia parroquial de San Xurxo, una obra relevante tanto por su arquitectura como por los retablos que acoge en su interior.