El poeta Gonzalo López Abente (1878-1963) consideraba su Muxía natal cómo estática, “acostada” en la ribera, silenciosa y melancólica, mirando hacia el cielo. Pero también se podría imaginar en movimiento, navegando en una grandiosa embarcación con la proa en la punta de A Barca, la popa en el monte de O Enfesto y el monte Corpiño como puesto de mando.
En realidad, Muxía es una villa con una larga historia vinculada al monasterio de San Xulián de Moraime, que era quien mantenía el dominio sobre la península en la que se asienta esta localidad. El propio nombre de la villa deriva de esta comunidad religiosa constituida en la Edad Media.
El rey Alfonso XI, le concederá al puerto muxiano el foro de A Coruña, que permitirá a sus vecinos disfrutar de ciertos derechos con la condición de respetar los privilegios que los monjes de Moraime tenían sobre esta villa. Hay que tener en cuenta que el espacio territorial de los muxianos era muy reducido, sin posibilidades para la agricultura ni para abastecerse de agua o leña, por lo que dependían de Moraime para obtener elementos tan básicos como estos. La pesca era el único recurso de aquellos primeros pobladores que se atrevieron a edificar las primeras casas al pie del monte Corpiño.
En siglos posteriores la vida de los muxianos continuó vinculada al mar, sobre todo a la pesca de la sardina y del congrio. A partir del siglo XVIII la artesanía del encaje tuvo cierta importancia por el número de mujeres que la practicaban y por las familias que se dedicaban a su venta.
En las primeras décadas del siglo XX Muxía era una pequeña villa de unos mil habitantes con un núcleo urbano que se extendía desde la iglesia parroquial, hacia el sur, hasta la plaza de O Cabo da Vila. El mar seguía siendo su medio de vida, que se complementaba con la exportación de encaje a los países latinoamericanos. El descubrimiento del caladero de O Canto a finales de los años sesenta supondrá una mejora económica muy notable para las familias marineras y permitirá una renovación de la flota pesquera y una transformación urbanística del núcleo. También mudó la fachada marítima con la construcción del dique de abrigo, del paseo marítimo y del puerto deportivo. Todos estos cambios configuraron la Muxía actual, en la que el sector pesquero perdió peso y el turismo se está convirtiendo en la actividad económica principal, atraído por el camino jacobeo y los recursos paisajísticos e históricos que ofrece esta villa marinera.
La punta da Barca constituye el mayor atractivo para el visitante. Allí se concentran los bienes patrimoniales de mayor interés como el santuario de la Virgen de la Barca, una obra barroca de comienzos del siglo XVIII o las piedras de Abalar y de Os Cadrís, relacionadas con la leyenda de la llegada de la Virgen, que le apareció al apóstol Santiago en este lugar, por eso Muxía representa, junto con Fisterra, el final del camino jacobeo que desde Santiago de Compostela llega a estas tierras más occidentales de Galicia.
La villa muxiana ofrece también otros lugares de interés para el visitante como la iglesia parroquial de Santa María, un magnífico templo gótico con interesantes retablos; el monte Corpiño, la mejor atalaya para contemplar la localidad y su entorno o el propio núcleo urbano que conserva algunas calles y plazas con casas de la Muxía histórica.